QUIENES SON
LOS OBREROS DE ZANON
Los obreros
de Zanon son un grupo de 470 hombres y mujeres, que trabajan
en una de las plantas de cerámicos más importantes
de Sudamérica. Hoy gestionan la fábrica ellos mismos.
No hay jefes, ni patrones y todos reciben el mismo salario.
Cuando empezaron la lucha no se proponían tomar la fábrica,
simplemente defender sus derechos, por eso recuperaron la Comisión
Interna de la fábrica. De esa manera lograron frenar los
accidentes diarios y las muertes anuales en Zanon. También
impidieron los despidos masivos de fin de año (generalmente
a los obreros más antiguos) y el maltrato usual del personal
jerárquico hacia el obrero de planta.
Pero el mayor obstáculo para asegurar buenas condiciones
laborales era el mismo sindicato, que estaba manejado por un grupo
de burócratas, hacía más de 10 años.
Dos hermanos corruptos, junto a un séquito de mafiosos, que
recibían abultadas sumas de dinero por permitir a la Compañía
avasallar legal o ilegalmente los derechos de todo su personal.
La burocracia sostenía esta situación gracias a un
mecanismo de terror que consistía en inculcar a cada obrero
que la única manera de mantener su fuente de trabajo era:
manteniendo silencio, no involucrándose con los problemas
de otros obreros y aceptando siempre lo que la gerencia decía,
porque en última instancia, la empresa era de Luiggi Zanon
y estaba en “pleno derecho” de hacer lo que se le ocurriese
con ella.
Pero la nueva comisión de delegados logró desarticular
ese pánico psicológico y abrir otra perspectiva para
entender la realidad. Lo primero que hicieron fue permitir que todos
los obreros se conociesen, organizando un torneo de fútbol.
De este modo, se empezaba a generar un lazo afectivo, que fortalecía
la solidaridad entre compañeros. Si despedían a alguien,
si un trabajador sufría un accidente, ya no iba a ser un
anónimo, iba a ser un compañero que estaba en las
mismas condiciones que el resto.
La unidad, la organización y la fuerza humana del grupo creció
terriblemente, porque los delegados usaron una forma de organización:
la asamblea. De este modo incitaban a todos a participar en las
decisiones. Los delegados nunca actuaron sin tener el consentimiento
de las bases y esta forma de proceder, estableció un mecanismo
honesto y transparente que permitió a la mayoría,
recuperar la confianza en la figura del dirigente, la cual había
sido perdida con años de impunidad y corrupción de
la vieja gestión sindical.
Por el pedido masivo de los trabajadores, los nuevos delegados impulsan
la lucha para sacar a la burocracia que conducía el sindicato.
Después de muchísimo trabajo de organización,
le ganan en elecciones la conducción.
Cuando la burocracia desapareció, la empresa (que era quien
dirigía a la burocracia) salió frontalmente a pelear
contra los obreros. El dueño Zanon, quería cerrar
la planta de cerámicos en sus dos terceras partes y dejar
funcionando sólo el sector que producía porcelanato.
Este sector le permitía exportar y obtener ganancias mayores,
el resto de la empresa, no le interesaba. Para los obreros eso significaba
que sólo 60 de los 360 que empleaba en ese momento la compañía,
iban a conservar sus puestos de trabajo. Entre los que iban a despedir
se encontraban todos los hombres más viejos, que cobraban
los sueldos más altos y tenían alrededor de 20 años
en la empresa. Es decir, que nada le importaba a Zanon, que aquellas
personas que habían dejado toda su vida en la fábrica,
que habían sido premiados por su aplicación al trabajo,
su productividad y esfuerzo, perdieran su fuente de sustento y quedaran
en la calle, sin posibilidades por su edad, de volver a conseguir
empleo.
La lucha entre la compañía y los obreros se dio abiertamente.
Y la comunidad se encolumnó detrás de los ceramistas.
Los defendió porque entendió que su resistencia, era
justa y digna. Los obreros no querían recibir seguros de
desempleo, quería mantener su fuente de trabajo y estaban
dispuestos a defender ese derecho, hasta las últimas consecuencias.
Zanon cerró la planta y especuló con el desgaste de
la lucha, para luego volver e implementar su plan.
Los obreros, no perdieron nunca la fuerza aunque hacía meses
que permanecían en las carpas, resistiendo gracias al apoyo
y la solidaridad de la gente. Comúnmente, la gente más
humilde acudía a diario trayendo alimentos y donaciones para
el fondo de huelga. Pero el agobio y la incertidumbre por la falta
de dinero, había logrado quebrar a varias familias ceramistas.
Los obreros se sostenían emocionalmente unos a otros, pero
sabían que la situación no podía prolongarse
por mucho tiempo más. Por eso decidieron entrar a la planta
y ponerse a producir cerámicos.
Primero,
arrancaron algunas líneas, pero tardaron mucho tiempo acondicionando
cada sector, para paulatinamente ponerlos en funcionamiento.
La prueba de fuego fue cuando habilitaron el gas a los hornos, que
la empresa había anulado un tiempo atrás. A partir
de ese momento, empezaron a quemar cerámicos nuevamente y
hasta hoy, el corazón de fábrica no se detiene ("Corazón
de fábrica" es una áerea de la planta que funciona
24hs diarias, los 365 días del año).
Después de 4 años de gestión obrera y 4 intentos
de desalojo, finalmente la justicia tuvo que reconocer legalmente
la cooperativa, después que se decretó la quiebra
del empresario.
La violencia del sistema hacia los trabajadores tuvo su punto culminante
cuando dos grupos paramilitares (enviados por la policía
neuquina en complicidad con el empresario) secuestraron y atacaron
a las mujeres de dos obreros ceramistas. A causa de esta serie de
episodios violentos que no cesaban (porque los ataques fueron reiteradas
veces), tuvieron que esconder fuera de la provincia de Neuquén,
a las dos familias ceramistas.
De los 260 que se quedaron en las carpas resistiendo, hoy son 470.
Pudieron casi duplicar los puestos de trabajo, en un país
donde las fábricas cierran diariamente y la crisis económica
hizo desaparecer prácticamente a la clase media.
Organizan toda la producción sin jefes, a través del
método de asamblea. Tienen problemas y desafíos diarios,
pero abren la discusión al conjunto y tratan de tener los
métodos más democráticos posibles, a la hora
de decidir.
Ellos son los primeros en reconocen lo durísimo que es gestionar
la fábrica sin jefes ni patrones. Primero, porque el sistema
económico y político parece no tener espacio ni oportunidades
para una fábrica que quiere actuar de manera honesta, sin
amiguismos políticos. Segundo, porque nadie fue educado para
trabajar sin una persona que le esté dando órdenes.
Desandar esta educación y fomentar una conducta de auto control,
donde cada uno tiene que tomar responsablemente sus obligaciones
y proponerse desafíos, es el paso más difícil,
pero a la vez el más gratificante.
Han hecho muchísimo si se mira hacia el pasado, pero falta
todavía mucho. Lo más importante es que ellos sienten
que hay posibilidades de seguir creciendo y están dispuestos
a seguir peleando. Mientras esa llama esté viva, nadie va
a poder poner fin a la lucha de los
ceramistas.